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Cacahuetes de Ca Climent: historia de un rescate (agronómico)
La toma de conciencia de que un sabor de su infancia estaba en riesgo de desaparecer fue para Ana Climent el catalizador del proyecto que está desarrollando junto a su padre Eduardo en su pequeña explotación en la Granja de la Costera (Valencia). Apoyados en su amor a la tierra, a las variedades de cacahuetes valencianos que siempre cultivaron, y en otros pequeños productores de la zona, son hoy el único productor comercial del otrora común cacahuete collaret, que ellos están recuperando junto con otras variedades locales que ya casi nadie cultivaba.
Era la época de la pandemia y Ana Climent estaba disfrutando en casa de uno de los primeros esmorzarets (almuerzos) en mucho tiempo. Residente entonces en Valencia capital, confinada y sin posibilidad de acceder a los cacahuetes que producía su padre para consumo familiar, Ana los había comprado en un súper, una bolsa, pero al primer bocado supo que, aunque en el etiquetado pusiera collaret, no eran de esa variedad. Y la letra pequeña decía que no estaban producidos en Valencia sino en Estados Unidos. ¿Cómo podía ser? "Me obsesioné un poco en leer todos los etiquetajes", confiesa. Y se dio cuenta de que prácticamente todo el cacahuete que se consume actualmente en España es de importación. "Ahí fue cuando le dije a mi padre: ¿oye, y si hacemos una marca de cacahuetes?". Y me dijo: "Venga, adelante". Fue el primer paso de Cacaus Climent.
El segundo fue hacerse con semillas suficientes para poder ser productores y comercializadores a mediana escala, cultivar mucho más que uno o dos cavallons (caballones) para autoconsumo. El abandono en masa del cultivo en los años 70, ante la imposible competencia contra el más barato (y peor) cacahuete foráneo, había hecho desaparecer las variedades locales. Pero la pasión de Eduardo Climent por la agricultura había logrado preservar matas de collaret y cacaua, y junto a las aportaciones de algún otro productor local en la vecina localidad de Anna y de la Estación Experimental de Carcaixent ―que contribuyó con muestras mínimas de otras cinco variedades locales casi extintas, como quart, de palma o morú― se constituyó el germobanco inicial.
Dedicar “el primer año para plantar toda la semilla que teníamos y guardar toda esa cosecha para tener ya muchas más semillas el año siguiente” fue, en palabras de Ana, “el mayor acto de amor al arte, un año cero”. Ningún ingreso ese tiempo y mucho trabajo. Realizado, además, sin ninguna maquinaria específica, dado lo singular del cultivo y que nadie lo practicaba: “Aquí los agricultores dejamos el cultivo en los 70 y lo hemos retomado tal cual está, y con pocos recursos”.
Sin un mercado nacional de maquinaria para un cultivo “prácticamente abandonado”, la preparación de semillas ha sido hasta ahora “pelando a mano 30, 40, 50 kg de cacahuete, solo para las semillas, seleccionando las más gorditas para la siembra del año siguiente” (ahora acaban de adquirir unas máquinas que les ayudarán a descascarillar el cacahuete y pelarlo). Más allá de esta fase, Ana explica que están “rompiéndose los cuernos” para ver cómo mejorar los procesos “sin tener una gran inversión detrás”, y en “cómo escalar la cosecha sin dejar de ser un proyecto sostenible, haciendo algo ‘tan disruptivo’ como conservar unas variedades tradicionales”. [...]
Texto: Javier del Peral / Fotografía: Javier Díez